Aprovechando estos días nos hemos acercado a Toledo a hacer la Vía Verde de la Jara. Se trata de un recorrido de 52 km sin ninguna dificultad técnica, aunque la falta de arbolado hace que no sea una opción muy recomendable para la época estival. La ruta aprovecha el trazado ferroviario de la línea que debía unir Talavera de la Reina (Toledo) y Villanueva de la Serena (Badajoz), aunque finalmente la crisis de la posguerra se llevó por delante el proyecto y el trazado cayó en el olvido hasta que el Ministerio de Medio Ambiente lo recuperó para su Programa de Vías Verdes.
Salimos hacia las 11:30 horas de Calera y Chozas, donde dejamos el coche. Devoramos los primeros kilómetros disfrutando de paisajes dominados por campos de regadío y zonas de bosque y matorral mediterráneo dedicadas a la caza intensiva (hay mucha tradición cinegética en esta zona). En el km 13 nos hicimos una fotillo en el viaducto del Embalse de Azután, el cual regala unas vistas impresionantes. A partir de aquí comienza un falso llano que no hace más que ir ascendiendo de forma sostenida. No es que sea duro, pero cuando pasas del km 40 lo vas notando en las piernas. Si se va atento, es posible ver bastante fauna. Nosotros vimos una culebra (se escondió antes de que pudiera identificar la especie), un lagarto ocelado de más de 50 cm. (nunca ví uno tan grande), muchos conejos (están en los cortados arenosos del camino), un topillo, codornices, murciélagos (en los 19 túneles que hay que atravesar), algunas anátidas y zancudas en las zonas húmedas, aves de roquedo (vencejos, aviones, etc.),... Un poco de todo. Y eso que fuimos a unas horas que no suelen ser muy adecuadas para esto de ver fauna. El romero, la retama y el cantueso ya estaban floridos, no así las jaras, las cuales dominan el último tramo de la ruta. Para el ojo entrenado también había interesantes contrastes geológicos, como por ejemplo una zona de bolos graníticos (formaciones parecidas a las que se pueden encontrar en La Pedriza aunque a años luz en lo relativo a su espectacularidad) o unos cortados de pizarra con lajas perfectamente pulidas.
Hay que decir que Mar aguantó perfectamente hasta el km 45. Ahí empezó a sufrir los efectos del calor y se vino un poco abajo. Pero con algo de mano izquierda y muchos ánimos, pudo terminar el recorrido como una campeona. Después de un reparador bocata de salchichón afrontamos el regreso con bastante ánimo. Sólo los últimos 10 km se nos hicieron un poco más pesados, no porque estuviéramos reventados físicamente, sino porque llevábamos ya más de 6 horas en total pedaleando y teníamos la espalda cargada de mantener la postura en la bici. ¡Fueron 105 km en total!
Esa noche dormimos en el Parador de Oropesa, que es un palacio anexionado al Castillo de la localidad. Después del palizón que nos dimos, sólo teníamos ganas de pegarnos una ducha, cenar e irnos a la cama a recuperarnos. Al día siguiente estuvimos visitando el Castillo. Lo tienen muy bien conservado, en parte por la presencia del propio Parador y también porque celebran unas jornadas medievales en las que participa todo el pueblo.En las fotos podéis vernos posando en los tronos del Castillo. También a Mar con el Parador al fondo y en una escalinata que daba acceso al patio central y, por último, a mí haciendo un poco de 'builder' en uno de los torreones (con zapatos era complicado agarrarse bien a la pared, pero se hizo lo que se pudo).

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